Sus influencias políticas con las más altas personalidades del gobierno,
logradas de las diversas actividades cumplidas en la función pública,
no significó que olvidara el tan ansiado anhelo de los habitantes del
Pilar de ver concretado el traslado del pueblo, de su antiguo asentamiento
al lugar actual, y la construcción de la iglesia. Esta aspiración a
la cual no era ajeno, había sido iniciada muchos años antes y, por distintos
acontecimientos sucedidos en el país, sus gestiones se hallaban interrumpidas.
El 11
de enero de 1822, una nota enviada por los vecinos del pueblo y partido
del Pilar, solicitaba al Ministro de Hacienda fondos públicos "para
edificar una Iglesia parroquial en la loma inmediata a la población,
donde se lograría una posición más ventajosa, capaz de proporcionar
al templo más consistencia y duración que la situación en el que se
halla ruinoso, contando para el efecto, a más de la piedad generosa
de los propietarios, con la liberalidad de don Lorenzo López, que se
constituye a contribuir con la cantidad de mil pesos anuales durante
el tiempo de la obra del templo, y en señal de seguridad firma también
con nosotros..." (69)
La respuesta
no se hizo esperar y el gobierno contestó agradeciendo el gesto de don
Lorenzo López, comunicando, además, que incluiría en el presupuesto
de ese año que aún debía aprobar la Sala de Representantes, la cantidad
de quinientos pesos para la misma obra. (70)
Las
tareas destinadas a la edificación de la iglesia habían sido suspendidas
al poco tiempo de iniciadas y en 1823 su progreso era muy lento y faltaba
mucho por hacer. El 7 de enero de ese año, el gobernador Martín Rodríguez
dictó un decreto, conforme al nuevo orden establecido por la ley de
la reforma del clero, destinado a la multiplicación de los templos de
la campaña.
Las
partes más salientes de esta disposición decían: "acordando el celo
distinguido del vecino de esta ciudad don Lorenzo López, en su solicitud
para la construcción de un templo en el Pilar, la consideración que
las atenciones del erario y sus recursos permiten, el gobierno ha acordado
[entregar] la cantidad de 10.000 pesos para la construcción del templo
diseñado en los planos presentados, que debe erigirse en el nuevo pueblo
del Pilar. Esta cantidad será abonada a razón de 1.500 pesos al año
y por la tesorería general…". (71)
Si bien
ello no fue suficiente y los inconvenientes económicos perduraron para
lograr el cometido, la obra, pese a los lapsos de interrupción, siguió
avanzando. Años después, por superior decreto del gobernador y capitán
general de la provincia de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, se
previene, entre otras medidas: "que todas las multas que se saquen
en virtud de las ordenes vigentes, sean de la naturaleza que fueren,
se entreguen al señor Lorenzo López, con el objeto de que sirva a beneficio
de la fábrica del templo que por piedad religiosa se construye…".
(72)
El predio
que hoy constituye el casco céntrico del Pilar, fue otra de sus obras
culminantes. Entre los años 1825 y 1830, compró y recibió en donación
por parte de las hermanas María Josefa y Juana Pérez, varias fracciones
de tierras, con una superficie que comprendía 700 varas de frente (606,20
m.), por siete cuadras de 150 varas cada una de fondo (909,30 m.), más
la manzana destinada para la iglesia. Se supone que los títulos de propiedad
pasaron a la municipalidad por cesión de don Lorenzo López. (73)
Los
documentos que certifican las transferencias de los terrenos mencionados,
consignan al comprador como Lorenzo López de la Rosa, lo que llevó a
presumir en principio que se trataba de un pariente de las vendedoras,
por ser éstas hijas de don Tiburcio Pérez de la Rosa. Debemos reconocer
que este hecho nos despistó hasta lograr aclararlo; el apelativo "de
la Rosa" era un agregado y representaba el nombre de su padre, posiblemente
utilizado para diferenciarse de sus homónimos. (74)